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Alegría, Amigos, Compartir, Divertirse, Echar de menos

Mañanas

Cada mañana subía corriendo los dos pisos con un café en la mano. No sé cómo lo hacía, sin que se le cayera una sola gota. Llegaba agitada a la puerta de mi oficina. Por lo general, se detenía a saludarme. Si me veía ocupada en algo, respetaba mi concentración y seguía de largo, sin decir nada. A veces, no tenía ganas de hablar y fingía estar enfrascada leyendo algo en la pantalla de mi computadora. Eso, sobre todo, al principio. Alguna vez me pesaba mi descortesía y, al rato, iba a saludarla yo. Al tiempo, sin darme cuenta, estaba esperando a que llegara. Siempre tenía una sonrisa ancha en la cara. Me impresionaba. Daba la sensación de que todo le iba sobre ruedas. No era una alegría postiza. Antes de empezar a trabajar charlábamos durante cinco, diez, minutos. Me aconsejaba. Explotaban
nuestras carcajadas contra las paredes de la oficina. Cuando estaba triste, cruzaba el umbral de su puerta y ahí estaba: su sonrisa siempre pronta para teñir los grises de un colorido con el que aún sueño al entrar.

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